Anfi-conceptos
sábado, 3 de septiembre de 2011
Shattered
martes, 30 de agosto de 2011
El palacio de cristal
Más allá de las altas cumbres, sólo por la noche, entre las penumbras puede adivinarse desde mi hogar, un pequeño destello del palacio de cristal. Ése pequeño destello, fruto del reflejo de la luna en su hermosa estructura, parece un solitario faro entre los bosques, y si lo miras bien, puedes darte cuenta que no es solo eso.
El palacio, siempre plateado y lejano, se alza majestuosa entre un jardín de sauces y agua. Rodeado, pese a ser verano, de una gruesa capa del hielo más puro que cualquier ojo ha podido ver jamás, tanto es así, que se adivinan destellos azules en él.
El interior, desde mi casa, lamentablemente no se puede ver, nunca he visto que resplandezca una sola luz dentro, y por la mañana, cuando el astro rey podría darme aunque sea una pequeña muestra, el palacio ya no está, los pinos y la vegetación parecen habérselo tragado muy profundo, a un lugar donde la luna brilla.
Tan sólo una vez, hace tiempo ya, me aventuré por un sendero que según parecía podía conducir a aquél insólito lugar. Busqué y busqué, atravesé bosques y prados. Recorrí caminos, subí colinas, pero no había ni rastro de ése precioso edificio. Rendida y con la luna a punto de salir, cogí el camino de regreso a casa, con la pesadumbre de alguien que nunca podrá encontrar su tesoro. Pero, cuando a penas había recorrido veinte pasos, un reflejo, sólo por un instante cegó mi ojos cansados.
Aún hoy, no sé del cierto si esa luz provenía de mi palacio de cristal. Pero, algo, dentro de mi, me dice que así fue. Que esa voz ininteligible que había escuchado, la voz que me susurró las siete palabras que pudieron calmar mi ardiente corazón, venía desde el palacio.
Han pasado lo años, pero el palacio sigue ahí, y su misterio también. Las estrellas siguen cantándole con sus sabias voces a ése palacio que sólo puede haber sido hecho por alguna divinidad aún latente. Una divinidad prodigiosa, que con manos milagrosas obró la más hermosa y fría cumbre transparente, hizo el más bello de los jardines, y exhaló la brisa helada que cubrió de hielo toda su creación, haciéndola así perfecta e inmortal.
-Tú eres la noche y la eternidad.

¿Qué hay de banal en una luz de una casa en la montaña?
¿Qué hay de banal en un palacio de cristal?
¿Dónde empieza y donde acaba lo real?
domingo, 28 de agosto de 2011
"The only real voyage of discovery consists not in seeking new landscapes, but in having new eyes"
miércoles, 24 de agosto de 2011
Almost bittersweet
miércoles, 17 de agosto de 2011
Raven wings
sábado, 6 de agosto de 2011
Twinkle

domingo, 17 de julio de 2011
¿Y si fuera el último día?
El aspecto de las mañanas es indiferente porque lo único que te preocupa es llegar a clase cuanto antes para trabajar y olvidar el mundo. Olvidar que las emociones son más complicadas que un esqueleto humano. Más intangibles que las marcas de humedad en la pared. Más incomprensibles que la causa de la muerte de un pobre cuerpo de más de quinientos años que lleva demasiado tiempo esperando que alguien lo saque del anonimato.
Por eso es indiferente que sea un día soleado de primavera en que las flores cubren de colores la ciudad, porque, simplemente, no las ves.
O que sea un triste día gris de invierno, frío y lluvioso, porque la única diferencia está en la necesidad de un paraguas.
O que se trate de un caluroso día de verano en que la sombra no ofrece un respiro, porque allí la temperatura debe ser constante y no se notará el bochorno.
Tampoco apreciarás las sutiles variaciones de colores del otoño, ni los árboles perdiendo su frondosidad un año más, porque es sólo una imagen de fondo.
Y así, las estaciones pasan. Lo ves, pero no lo vives.
El tiempo pasa, pero tú, permaneces.
Las mañanas se funden con las tardes en un suspiro y no dejan posibilidad de pensar. La mente simplemente se evade en un continuo estado de análisis. La concentración es fácil. El cansancio no llega hasta mucho después de lo deseado. Y entonces, la noche.
Las noches son todas iguales. Oscuras. En el peor sentido de la palabra. La oscuridad hace que salgan los peores monstruos de debajo de la cama. Los recuerdos de una infancia absurdamente feliz arrancada con dolor en la adolescencia.
Miedo. Al abandono. A los sentimientos. Al amor. A la esperanza. Miedo a no saber querer. Miedo a querer demasiado. Miedo a sufrir.
Esas son las noches en que no sabes quién eres. Querrías poder ser la adulta en que se habría convertido aquella niña si sus padres no se hubieran marchado porque sería una mujer sin miedo a que cualquiera a quien tome cariño la abandone.
O la adulta en que se habría convertido la adolescente que adoraba a su hermano hasta que se fue, porque el abandono de sus padres los habría unido y sería una mujer que sabría lo que es una familia.
O la adulta que hubiese resultado de una familia de acogida estable cariñosa y comprensiva, que no tendría miedo de no ser suficiente para que alguien la quiera.
Pero eres el resultado de múltiples decepciones, y el miedo es normal. Lo bueno es que todo eso te ha hecho fuerte. Fuerte para poder enfrentarte a cualquier situación, para solucionarla y seguir adelante. Fuerte para que no te duelan las heridas que se abren mientras caminas. Fuerte para sobrevivir.
A veces esos monstruos que aparecen por la noche son sin embargo amables. Te arropan y se convierten en un poco de luz.
Son recuerdos que duelen porque no son más que imágenes borrosas que ya han sido realidad y no volverán, que puede que incluso se diluyan con el tiempo y sea como si nunca hubieran existido. Pero mientras existen te iluminan un poquito, y recobras un poquito de esperanza. Te permiten ver que a tu alrededor hay gente que permanece. Gente que a pesar de estar en las sombras, se acercan a ti a ciegas, sin importarles tropezar por el camino, o caerse, sólo para llegar a tu lado. El miedo se disuelve en la claridad de la mañana. Y llega la comprensión.
Alguien, al final, te abre los ojos a las cosas que no ves porque estás demasiado ocupada intentando esconder los monstruos debajo de la cama, tanto que no te fijas en que a la gente de las sombras no le importan tus monstruos, no se moverán de ahí.